COSECHANDO LOS BUENOS FRUTOS DEL ESPÍRITU

 

Con la exposición hecha de las virtudes y los dones del Espíritu Santo, podríamos dar por terminada la presentación del organismo añadido sobrenaturalmente a la naturaleza humana en el Bautismo, presentación que hemos considerado necesaria para tener conocimiento de nosotros mismos en el estado en que nos encontramos tras el pecado original y la redención obrada por Cristo.

Pero resulta que, de ordinario, después de las virtudes y de los dones del Espíritu Santo, se nos suele hablar de los frutos del mismo Espíritu.

El solo hecho de llamarlos frutos indica ya que no son elementos constitutivos del organismo sobrenatural, sino el resultado de su buen funcionamiento. Pero, qué duda cabe que para apreciar el valor de un árbol y aun de un instrumento cualquiera es muy útil y aun necesario ver lo que produce. Estudiemos, pues, estos buenos frutos, para comprender mejor nuestra grandeza, la de hombres regenerados en Cristo.

 

La lista de S. Pablo

S. Pablo fue el primero en hablarnos de ellos atribuyéndoselos al Espíritu Santo. Lo hizo contraponiéndolos a las obras de la carne, como él las llama, -“fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, ambición, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, comilonas y cosas semejantes”-. En cambio, dice, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí (Ga 5, 19-23).

Observemos de paso que la catequesis cristiana, siguiendo a la antigua versión Vulgata de la Biblia, ha añadido a los nueve frutos de S. Pablo tres más, que sin duda ya se encontraban implícitamente en la enumeración del Apóstol: longanimidad y mansedumbre, como incluidos en la paciencia y en la bondad, respectivamente; castidad, como comprendida en el dominio de sí o continencia.

 

El fruto que Jesús espera produzcan sus discípulos

Pero ya antes que el Apóstol, Jesucristo, habló a sus discípulos del “fruto” que el Padre espera de ellos. Lo hizo en la sobremesa de la Última Cena, sirviéndose de una alegoría: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la palabra que os he dicho. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15, 1-5).

No atribuye Jesús explícitamente ese fruto al Espíritu Santo, sino al “permanecer en él”. Pero sabemos que ese permanecer es en el amor, como dirá a continuación, prolongando la enseñanza encerrada en la alegoría de la vid: La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos. Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea colmado (Jn 15, 8-11).

Pues bien, esa nuestra permanencia en el amor del Hijo y del Padre es ciertamente obra del Espíritu Santo. Y resulta interesante advertir que, aunque Jesús no enumere ni los doce frutos del Catecismo, ni los nueve de S. Pablo, sí que alude a uno de ellos, el mejor en nuestra apreciación humana de las cosas, a saber, el gozo: Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea colmado.

 

Pero tratemos de penetrar más adentro

en la realidad de esos frutos del Espíritu.

Tanto el Catecismo de la Iglesia, como el Compendio del mismo dicen que “los frutos del Espíritu Santo son perfecciones plasmadas en nosotros como primicias de la gloria eterna.” Santo Tomás de Aquino dirá con más propiedad que son actos perfectos y no cualidades estables. Pero es verdad que son primicias de la gloria eterna porque traen un pregusto de la felicidad que en la eternidad nos espera.

¿Por qué los llamamos frutos? Porque, por una parte, brotan y maduran en el alma cristiana como consecuencia de las virtudes llevadas a la perfección por el Espíritu Santo al poner él en acción sus dones, y por otra, porque resultan fáciles, agradables y sabrosos. Veámoslo en cada uno de ellos, aunque relacionado con sus afines.

 

Los tres primeros, caridad, gozo y paz, son inseparables.

Estos más propiamente que los demás merecen ser llamados del Espíritu Santo, ya que esta Tercera Persona de la Santísima Trinidad es el Abrazo infinitamente amoroso, gozoso y pacífico que estrecha al Padre y al Hijo. En el cristiano esos tres frutos brotan, bajo la acción de la tercera Persona de la Trinidad, como una participación anticipada de la dicha divina en Persona que es el mismo Espíritu.

De los tres el más importante en sí y del que se derivan los otros dos, e incluso todos los demás frutos, es la caridad. No se trata de la virtud, repitámoslo, sino de su actividad intensa, consciente e inflamada por el soplo del Espíritu; caridad para con Dios y caridad para con los demás humanos, tan amados de Dios como nosotros mismos, ya sean amigos, ya enemigos. De esta experiencia de amor, del sentirse amado e inflamado en amor, se deriva el gozo íntimo, profundo, segundo fruto del Espíritu Santo. Además el amor libera de apegos desordenados, pone orden en nuestra voluntad y afectos y así surge en el alma la tranquilidad del orden interior, la paz radical de la que fluye la paz exterior en nuestras relaciones con los demás, tercer fruto del Espíritu. Advirtamos que esa paz interior extrovertida y participada con los demás es la unión que Jesús pedirá al Padre, al término de la sobremesa de la Última Cena: “Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros” (Jn 17,21).

Sería interesante poder ver concretamente estos frutos en la vida de algunos santos, porque lo que estamos diciendo de aquellos lo sabemos no sólo por las palabras de Cristo y de S. Pablo, sino también por la vivencia de éstos. No pudiendo entrar en anécdotas, nos contentaremos con indicar los nombres de algunos de entre ellos, a propósito de cada terna de frutos, con el riesgo de dejar otros que quizá hayan gustado esos frutos más intensamente. Así, en esta primera terna nos parece que se puede señalar a S. Francisco de Asís, a Sta. Teresa de Jesús y a Sta. Isabel de Portugal, sin pretender afirmar que sean los más conspicuos.

 

En segundo lugar vienen la paciencia, la benignidad y la bondad.

La paciencia de que aquí se trata no es, como ninguno de estos frutos, —ya lo hemos dicho, pero conviene repetirlo—, la virtud de la paciencia, sino el acto o estado de ánimo, el ser paciente consigo mismo, con los demás y con el curso de los acontecimientos adversos y todo ello con facilidad, suavidad y gozo.

Benigno es quien se siente feliz, estando bien dispuesto para con los demás y aceptando fácilmente sus maneras de ser y comportarse, siendo indulgente y comprensivo.

La bondad fruto del Espíritu es una disposición sinónima de la benignidad, quien la tiene se siente feliz tratando a los demás con dulzura y afabilidad y procurándoles todo el bien que le es posible. Bien se ve, con la sola descripción, que estos dos últimos frutos, se derivan de la caridad fraterna y vienen a ser expresiones o manifestaciones diversas de la misma. La paciencia también brota de la caridad pero más bien a través de la paz tanto interior como exterior. Aquí quisiéramos evocar a S. José de Calasanz, a S. Pío de Pietralcina, a S. Juan Bosco y al Bto. Juan XXIII.

Longanimidad, mansedumbre y fe, son los tres siguientes frutos del Espíritu.

Quien no se siente mal con la tardanza en obtener el fin al que tiende o los bienes que espera, quien es constante en el cumplimiento del deber por pesado que pueda resultarle y persevera, sin que su alegría disminuya, ese saborea el fruto de la longanimidad.

El fruto del Espíritu que llamamos mansedumbre aporta al alma que le posee la alegría de no dejarse vencer por la cólera, ser dulce y apacible. Una vez más constatamos cómo todos estos frutos tienen como alma a la caridad.

¿Y la fe? La fe, fruto del Espíritu Santo, es la predisposición serena y gozosa para aceptar todo cuanto Dios nos ha revelado y la Santa Madre Iglesia enseña, sin dudas, ni vacilaciones, con la sencillez del niño que se fía de cuanto sus padres le dicen. También para con los demás la fe nos predispone a creerlos, siempre que no haya motivos sólidos para dudar de su sinceridad. Algunos, con el Catecismo de la Iglesia, la identifican con la fidelidad, que es coherencia con lo que se cree y cumplimiento de los compromisos tomados con otros. Pero, una vez más, debemos advertir que para que se trate de un fruto, éste tiene que resultarnos dulce; donde no hay suavidad y alegría en el creer y ser fiel, no se ha recibido todavía del Espíritu el fruto de la fe. En relación con estos frutos, nos parece que podemos mencionar a S. Juan Bautista María Vianney, a S. Francisco de Sales y a dos Tomases, Sto. Tomás de Aquino y Sto. Tomás Moro.

Por último, tenemos la terna, modestia, continencia y castidad.

La modestia es una apacible, suave y cuasi connatural moderación en el comportamiento, en las posturas del cuerpo y en el hablar y accionar. Es fruto espontáneo de la unión íntima con Dios. Quien vive en su presencia y se siente amado por él, sin pensarlo, con toda naturalidad, adopta posturas, actitudes y expresiones modestas.

La continencia es moderación en el comer y beber.

El fruto de la castidad se saborea con el dominio de los placeres sexuales, y esto con la facilidad, la paz y el gozo espiritual que sólo el Espíritu Santo puede comunicar.

Señalemos a propósito de estos tres últimos frutos, a S. Ignacio de Loyola, al Bto. Charles de Foucauld y a Sta. María Goretti.

Los santos de todos los tiempos son hombres y mujeres que generalmente han gozado de los frutos del Espíritu Santo. Pero no necesariamente todos han gustado los doce, ni todos en el mismo grado e intensidad. Por eso no resulta fácil acertar a la hora de indicar santos que se hayan distinguido particularmente en el disfrute de uno u otro de esos frutos.

Que ellos intercedan por cuantos deseamos seguir sus ejemplos y gozar de lo que ellos gozaron en la tierra y disfrutan en el Cielo, llegando a la santidad, para gloria de Dios y extensión de su Reino.

José Mª Fernández-Cueto, cpcr.